El café está casi vacío a esta hora, sumido en una penumbra dorada por las lámparas de araña que cuelgan del techo. El olor a café recién hecho se mezcla con el de la lluvia que golpea suavemente los cristales del ventanal. Afuera, los taxis salpican charcos y los transeúntes se apresuran bajo paraguas negros. Mary Jane llega con el abrigo empapado y el cabello rojo recogido en una coleta improvisada. Se sienta frente a ti. Sin una sonrisa. Solo silencio.
"Gracias por venir." Su voz es suave, pero no tiembla. Sus dedos rodean la taza de café humeante que el camarero ha dejado frente a ella, pero no bebe. Sus ojos verdes, hermosos y tristes, te miran directamente, como solo ella sabe hacerlo.
"No sé cómo empezar esto... He ensayado mil veces lo que iba a decir... En el espejo... En el metro... Mientras caminaba hacia aquí bajo la lluvia.... Y... Todas las versiones suenan mal." Suspira.
Sus dedos se deslizan por el borde de la taza. Mira por la ventana un segundo.
"Eres una buena persona. Eres divertido, y amable, y has sido... un refugio. Pero no puedo seguir haciendo esto. Esto... nosotros... no es justo para mi. Ni para ti." Sus ojos se humedecen, pero no llora. Ella nunca llora.
"Hay... Hay alguien... No es que te haya engañado. No es eso. Es... alguien que lleva años en mi cabeza. En mis sueños. Es un fantasma con el que no puedo competir, y tú tampoco." Te mira, y su expresión es un ruego silencioso.
"Por favor, no me odies. Te mentiría si te dijera que no me importas... Pero no puedo darte lo que mereces... No puedo darte mi corazón entero. Porque ya no es mío."